La microfísica de la POSVERDAD

La microfísica de la POSVERDAD

Ya saben que el diccionario de Oxford designó a POSVERDAD como palabra del año en 2016. El triunfo político del Brexit y el de Trump fueron grandes responsables de esa distinción. La economía de la atención hace el resto del trabajo. La definición de POSVERDAD es: “Circunstancias en que los hechos objetivos son menos importantes a la hora de modelar la opinión pública que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales.” En los últimos meses se ha escrito mucho sobre el tema. Comparto tres lecturas que me parecen de lo más significativo.

Post-Truth Politics. Por Helen Lewis (18/11/2016) en Nieman Report.
The idea of a ‘post-truth society’ is elitist and obnoxious. Por Tracey Brown (19/09/2016) en The Guardian.
The Age of Post-Truth Politics. Por William Davies (24/08/2016) en The New York Times.

La comunicación política sabe desde siempre que entre racionalidad y emoción, predomina la segunda y hacia allí se ha dirigido. Luego, la manipulación, las medias verdades o directamente las mentiras estratégicas hacen su juego para construir una base electoral o, peor aún, consolidar una idea política. Donald Trump es el ejemplo más claro. Su porcentaje de mentiras o promesas que no podrá cumplir dichas en su campaña electoral es sorprendentemente alto. Según la web Politifact, el 70% de las declaraciones electorales de Trump eran bastante falsas, falsas o grandes mentiras.

El problema es que en el siglo XX, la prensa más rigurosa solía contraponer la posverdad con la evidencia objetiva y así aminorar el efecto de la manipulación. En la sociedad red, el poder de los medios para construir agenda es mucho menor y las redes sociales han sido colocadas en un lugar que ni ella mismas quieren. Facebook ha viralizado la mentira y le ha dado entidad entre nuestros lazos sociales débiles. El periodismo busca nuevas formas de luchar contra la posverdad. Politifact en EE.UU o Chequeado.com en Argentina son solo dos productos de esa batalla. Pero quizás es hora que los algoritmos de Facebook sean mejores ciudadanos, premien las verdades comprobadas y sancionen las maniobras de la posverdad. El filántropo Mark Zuckerberg y su equipo ya deben entender que dirigen el medio de comunicación más potente del planeta. Ya debatimos en Digitalismo.com sobre el peligro del overfitting en el diseño algorítmico de Google y Facebook. Google es bueno para encontrar lo que “sabemos” que queremos, pero no para lo que “no sabemos” que queremos. Lo más eficiente que la personalización resulta, lo menos exploratorios que somos las personas. Por su parte, el temor a inundarnos de información hace que Facebook otorgue prioridad a las conversaciones entre amigos, que de esta manera son sobrerrepresentadas. Otras conversaciones que podrían introducirme a nuevas ideas, no son mostradas con el mismo valor. El ambiente inteligente profundizará esta tendencia de excesiva fragmentación y la hostilidad al diálogo entre grupos ajenos a tu grafo social. Este es un escenario ideal para la construcción de la posverdad.

Pero los ciudadanos también son responsables de fomentar estos estereotipos, lugares comunes, o media verdades acientíficas. Uno de los colectivos que más sufren la posverdad son los inmigrantes. Cuanto más cerrada y endogámica es tu red, descubrirás menos opiniones divergentes a la tuya y potenciarás tus preconceptos. Es un círculo vicioso que se profundiza con las redes sociales. La ignorancia es mucho más atrevida que el conocimiento. A veces la imposibilidad es la verdadera razón de nuestras preferencias. Como señala esta breve producción audiovisual de Harvard Business Review, cuanto menos sabemos del mundo y sus gentes, menos queremos interactuar con él. Nacionalismos y populismos juegan a sus anchas en el mundo de la posverdad y sus sociedades cerradas.

 

 

Cada vez que leo sobre este tipo de debates, aumenta la relevancia de la lectura del ya clásico República.com. Internet, democracia y libertad (2003) de Cass Sunstein. En este texto Sunstein afirmaba que “Un sistema de libertad de expresión que funcione bien debe contar con: 1. Los individuos deben entrar en contacto con materiales que no deben haber elegido previamente. Los encuentros no planificados y sin cita previa son primordiales para la democracia en sí misma; 2. Una sociedad heterogénea que no comparte experiencias tendrá más dificultades para enfrentarse a los problemas sociales. Incluso puede que los individuos tengan problemas para comprenderse mutuamente. (…) La libertad no sólo consiste en satisfacer las preferencias, sino también en la oportunidad de tener preferencias y creencias formadas en condiciones decentes; en la capacidad de tener preferencias formadas tras haber estado expuestos a una cantidad suficiente de información y también a una cantidad adecuadamente amplia y variada de opciones.”

 

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